El Quijote de 1605.
El Quijote de 1605.
La aventura y el amor como referentes básicos de la novela
Luis Quintana Tejera
Hemos
escogido dos pasajes para fundamentar los temas expuestos en el título.
El primero de ellos refiere al enfrentamiento del hidalgo con el
caballero vizcaíno, y el segundo es el episodio de los galeotes. Ambos
se hallan en la primera parte de la novela.
Sabemos que desde la primera salida dos aspiraciones o
búsquedas marcan el pensamiento de don Quijote: corregir entuertos,
salvar al mundo y ofrecer sus triunfos al amor elegido: el de Dulcinea
del Toboso. Resultan así de alguna manera dos factores que ya habían
hecho su presencia en las novelas anteriores y que aluden a la necesidad
heroica de la aventura y al imperativo del amor como subsidiario de la
primera.
La aventura deviene como consecuencia de esa búsqueda
del equilibrio perdido en el marco del universo cotidiano. El caballero
andante debe ofrecer a los menesterosos su ayuda invaluable y ésta no
puede otorgarse si no es mediante las acciones heroicas que le permitan
derrotar al mal e imponer su propia noción de justicia en un mundo en
donde los excesos ocupan un lamentable primer lugar.
Pero don Quijote lo había dicho: “Caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma” [1], por esto resulta imprescindible “conseguir una dama de quien enamorarse” [2].
Aquí surge el tema de los amores neoplatónicos del hombre de la Mancha
quien transforma la realidad de tal manera que en donde había una
rústica aldeana -Aldonza Lorenzo- permite el nacimiento de
su ideal -Dulcinea del Toboso-. Y un denominador común define a ambos
términos motivo del análisis: el fracaso en el contexto de la realidad, y
la sublimación de los hechos en el marco de sus alocadas imaginaciones.
De acuerdo con precedentes claramente establecidos en
el capítulo 1, las personas beneficiadas o derrotadas por el personaje
debían de someterse a su voluntad y ponerse a disposición de los deseos y
aspiraciones de la mujer del Toboso.
No en todas las hazañas les exige a sus oponentes tal
consigna, pero, curiosamente en los dos episodios propuestos para la
revisión crítica, la aventura y el amor ideal presentan nexos que los
unen.
En ambos predomina la cándida inocencia del personaje
quien después de haber alcanzado aparentes “triunfos”, rinde tributo a
su amor y demuestra que el riesgo y el peligro sólo pueden encauzarse en
la dirección que conduce al encuentro del objeto ponderado por sus
sentimientos.
Enfrentamiento con el vizcaíno
El antecedente mediato de este pasaje está
constituido nada menos que por la famosa aventura de los molinos de
viento -estamos en el capítulo VIII de la primera parte- y el inmediato
por el desafío injustificado y contrastante que don Quijote le hace a
dos frailes de la orden de San Benito que venían en la misma dirección
que la dama vizcaína del carro. En relación con ellos sobresalen las
antítesis, puesto que éstas han de ser el factor recurrente a lo largo
de la obra [3]. Es así como -el esquema que sigue lo revela- el
caballero confunde dos mundos opuestos o, quizás, el narrador alude con
esto a elementos ocultos que él desea implícitamente denunciar:
| Mundo real | Mundo imaginado |
| 1. Dos frailes de San Benito. | 1. Encantadores malignos. |
| 2. Vestimenta clerical | 2. Aquellos bultos negros. |
| 3. Religiosos | 3. Gente endiablada |
| 4. Señora vizcaína | 4. Princesa forzada |
Bástenos con decir que la influencia de la religión
puede llegar a ser una manera de incidencia invasora en el interior
espiritual de cada ser humano; además, los lobos muchas veces aparecen
disfrazados como ovejas. Nuevamente emerge la idea de la máscara que
oculta la realidad.
Precisamente cuando el hidalgo considera derrotados a
los dos inventados enemigos, es cuando le pide a la dama que vuelva al
Toboso y rinda tributo a Dulcinea. De esta forma, observamos como acaba
de concluir una aventura, e inmediatamente -unida a ésta- emerge el tema
del amor platónico y la terca decisión del caballero que lo conduce a
exigir a otros que su voluntad sea la que predomine. Y esto precisamente
es lo que enfurece a un escudero que acompañaba a la dama; aquél, al
oír que debían desandar lo andando, impaciente exige una explicación.
Esto da pie al enfrentamiento entre el vizcaíno y el hombre de la
Mancha. Se han encadenado así una serie de sucesos que traen como
consecuencia una segunda aventura en el marco de pocos minutos
transcurridos. Los frailes benedictinos no opusieron resistencia alguna;
en cambio, este “caballero” de recio aspecto y entreverado discurso no
está dispuesto a permitir que don Quijote se salga con la suya. Le dice
al hidalgo: “-Anda, caballero que mal andes; por el Dios que criome,
que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno” [4]. En cita a pie de página de la edición aquí aludida se habla de la parodia de Cervantes al castellano de los vascos [5]
y esto autoriza una nota de humor e ironía que ha de prevalecer durante
el desarrollo de la escena. Da comienzo así una dura pelea que de
alguna manera toma por sorpresa al vizcaíno quien desde la mula en que
se hallaba intenta contrarrestar la furia del hidalgo.
Don Quijote hace algo que no le hubiera gustado que
le hicieran a él: le dice que no es un caballero, porque de lo contrario
ya le hubiera hecho pagar su osadía. ¡Qué curioso! El hidalgo cataloga
y define constantemente al universo que lo rodea y las categorías que
impone provienen de manera arbitraria de un mundo en donde prevalece su
enajenada iluminación. Con toda razón se enoja aún más el escudero
vasco, quien nuevamente se expresa de forma confusa para defender su
condición noble y acusa a don Quijote de mentiroso.
Comienza la refriega. El hombre de la Mancha desecha
la lanza y toma su espada mientras se protege con su rodela. El vizcaíno
apenas alcanza a reaccionar para sacar su hierro y usar una almohada
como improvisado escudo. La pelea es a muerte, comenta el narrador. Los
presentes -asustados y sorprendidos- intentan calmar los ánimos. Ellos
se hieren mutuamente en medio del calor de la lucha. Y llegamos al
momento final que consiste tan sólo en una suerte de reticencia en donde
quien cuenta los hechos promete completar luego la historia debido a
que no halló nada más escrito sobre esta batalla. En el capítulo
siguiente de su segunda parte develará el vacío narrativo que aquí se
impone.
Con esta última actitud, el narrador continúa
entregado a un factor lúdico preponderante. Juega a contar una historia
y, al igual que las novelas de caballería lo hacían, deja en suspenso el
fin de ésta. Se divierte al prolongar la conclusión y, en su doble
papel de recopilador de anécdotas y manejador de símbolos, autoriza a
los acontecimientos para que fluyan tranquilamente y para que el lector
comprenda que la novela es parte de la vida. Tanto en ésta como en
aquélla, todo acontece sin que los hechos resulten acabados y perfectos
en sí mismos; sólo son parte de un planteamiento continuo que va y viene
en vaivenes infinitos.
Ya avanzado el capítulo IX. quien cuenta los hechos regresa al punto que había dejado en suspenso y dice:
Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de
los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban
amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y
continente que tenían. [6]
El discurso del narrador es intencionadamente pomposo; recuerda e imita a varios pasajes del Orlando furioso
de Ariosto. La hipérbole domina y mediante el símbolo ese momento
cotidiano e intrascendente se torna representativo y profundo. Las
espadas al viento parecían amenazar más allá de la realidad: al cielo, a
la tierra, al abismo. Estaban jugando ellos también con la vida y la
muerte y no lo sabían realmente.
Todo sucede en el marco de esta aventura de forma
rápida y los acontecimientos dan el triunfo al hidalgo, quien con “la
punta de la espada en los ojos del rival” [7] le exige la
rendición a cambio de su vida. Si el vizcaíno hubiera podido contestar
lo más probable es que se hubiera entregado tercamente a la muerte; pero
salen en su defensa las damas del coche y suplican por la integridad
del escudero vizcaíno. Don Quijote pide a cambio que el maltrecho
caballero -ahora sí lo reconoce como tal- ha de ir al Toboso a rendir su
voluntad ante Dulcinea.
El tema del amor emerge como corolario de la
aventura. Pide algo que la dama promete sin saber de qué se trata.
Seguimos así tozudamente ubicados en un mundo en donde para que los
hechos sean realidad basta con ofrendarlos. Don Quijote cree en el falso
juramento de las doncellas, y todos nosotros -escépticos lectores
de cada día- también confiamos en el poder de la palabra aunque ésta sea
pronunciada sólo por necesidad de cumplir y no por convencimiento
pleno. ¿Por qué sucede de esta forma? Tan sólo porque el hombre requiere
soñar y necesita tener fe. El flaco hidalgo acepta y se retira feliz,
porque no sólo ha derrotado a un rival poderoso, sino que además ha
rendido tributo a la belleza y al amor. De esta forma, la sucesión de
los temas anunciados en el título se ofrece de una manera clara y nos
acerca al fenómeno en donde aventura y amor están estrechamente unidos, a
pesar de hallarse diferenciados por la importancia que a una y a otro
se le confieren.
Los galeotes
Vamos al encuentro de la segunda aventura, la de
aquellos “desdichados” que se hallaban prisioneros y destinados a
galeras. Si don Quijote al ver monjes vio realmente endiablados, no es
exagerado pensar que al ver encadenados vea en verdad un grupo de
personas que son llevadas contra su voluntad. No es suficiente con que
Sancho le explique lo que en verdad estaba sucediendo; el loco de la
Mancha interpreta de nuevo las cosas a su manera, pero -curioso rasgo de
cordura- quiere saber antes de actuar; pregunta a los guardias de qué
se trata, cuál es la causa por la cual estos hombres son llevados al
castigo. El choque entre realidad e ideal se produce nuevamente. Los
guardias no tienen ni tiempo ni voluntad para explicar lo que ya por sí
mismo es obvio y remiten al hidalgo para que hable personalmente con
cada uno de ellos, y sepa así de viva voz de los condenados por qué
están allí.
Lo anterior da pie para que el hidalgo inicie un
diálogo con los sentenciados para saber si los dejará o no en libertad.
Como podemos observar, la decisión del personaje invade territorios que
obviamente no le corresponden, pero lo hace con el convencimiento de que
en este universo de injusticias crecientes, son muchos los inculpados y
pocos los culpables.
Desde el punto de vista literario, la escena se
estructura de una forma muy sencilla: en primer lugar, el diálogo
sucesivo con algunos de los galeotes, el cual termina con un
desconcertado discurso del hidalgo en donde decide lo que debe hacer; en
segundo término, se da el enfrentamiento con los guardias por parte de
don Quijote, quien apoyado por los galeotes consiguen derrotar a
aquéllos; un tercer momento define la suerte del hidalgo el cual les
pide vayan al Toboso con el objetivo que ya conocemos; concluye con la
segunda reyerta del episodio al tratar de repeler la agresión de los
condenados, quienes no están de ánimo para aceptar las exigencias de
este extraño personaje.
Diálogo con los galeotes
Las culpas que entre dilogías y reticencias aceptan
los enjuiciados son: por ladrón de ropa, por haber confesado en el
tormento, por cuatrero, por no tener dinero para sobornar al juez, por
alcahuete y hechicero, por haber embarazado a dos mujeres, en fin, por
delitos múltiples como es el caso de Ginés de Pasamonte.
Al desfilar esta galería de dolor y entredichos
prevalece el espíritu de denuncia que el narrador desea comunicar. Los
excesos atribuidos a la autoridad incluyen: el tormento para sacar
confesiones, la extorsión y la diferencia de oportunidades entre el rico
y el pobre ante la ley.
Veamos algunos ejemplos que nos permitan entender el
manejo del lenguaje por un lado, y , por otro los mencionados excesos de
la autoridad.
El primero de los entrevistados dice que va a galeras
por enamorado. El fenómeno lingüístico de la dilogía prevalece -dos
significados aparentemente distintos para un mismo concepto-. Don
Quijote lo cree enamorado como lo está él de Dulcinea; pero estos amores
son materiales y se hallan muy lejos del sentido platónico que el
personaje central manifiesta a cada instante. Sus amores fueron por las
propiedades ajenas, en este caso “por una canasta de colar atestada de
ropa blanca” [8].
Si el tema del amor ha sido motivo de tanta
controversia en el contexto de la novela cervantina aquí presenciamos
otra manera sarcástica y picaresca de aludir a él.
Un caso semejante acontece con el segundo de los interpelados quien va a galeras “por canario, [...] por músico y cantor” [9]
Cuando explican que “cantar” es sinónimo de “confesar en el tormento”
el alcance semántico de estos términos se modifica al mismo tiempo que
aparece la denuncia ante una costumbre generalizada en el Renacimiento y
que consistía en torturar para obligar a confesar. Quienes hemos vivido
el duro fenómeno de la dictadura militar sabemos que estas formas de
violencia no sólo pertenecieron al Renacimiento, sino que también
resurgen con plena vigencia en ciertos momentos de la civilización
contemporánea.
En fin, la falta de dinero puede ser una razón para
ir a galeras como lo dice el tercero de los requeridos, y esto revela
otra horrible costumbre que don Quijote retomará en los consejos que da a
Sancho antes de ir a gobernar la ínsula Barataria.[10]
El hidalgo, después de escuchar concluye. Su discurso expresa lo que él desde su mundo ve y entiende:
1. Aunque los han castigado por sus culpas no van de buena gana al tormento.
2. Hubo razones que enmarcan la injusticia de la ley y por ello debe dejarlos en libertad.
3. Para cumplir con el propósito anterior ha sido creada la orden de caballería.
4. Decide pedir de buenas maneras a los guardias que
dejen en libertad a estos menesterosos “porque me parece duro hacer
esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres.” [11]
5. Como puede observarse, el personaje opta primero por la pacífica solicitud.
El enfrentamiento con los guardias será consecuencia
de la lógica actitud de éstos, quienes pretenden impedir que sus
prisioneros sean liberados. Don Quijote actúa, al igual que lo había
hecho con el vizcaíno, apoyado en el factor sorpresa. A su vez, ayudado
por los comedidos galeotes derrotan a los representantes de la ley ante
el miedo y el asombro de Sancho.
Por último, cuando les formula el consabido “vayan
con Dulcinea”, ya los galeotes no están de humor para entender y menos
para obedecer. Si habían derrotado a los guardias asustados, lo mismo
pueden hacer y hacen con el caballero y su escudero. Es cierto que Ginés
de Pasamonte intenta dialogar para descubrir un punto de acuerdo entre
ambas partes; podríamos rezar sostiene “alguna cantidad de avemarías y
credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced” [12];
pero como ya lo hemos podido comprobar en muchos otros momentos de la
novela, el personaje no acepta tal cosa y, ahora sí, amenaza, insulta y
ordena; una lluvia de piedras caen sobre caballero, escudero, Rocinante y
jumento como respuesta a su osadía y atrevimiento.
Todo termina en medio de la confusión y el narrador
no puede dejar de intervenir para resaltar el dato chusco y
premeditadamente irónico: “el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo
de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había cesado la
borrasca de las piedras que le perseguían los oídos.” [13]
Conclusión
Hemos llegado al final del análisis que nos habíamos
propuesto. La aventura y el amor nos ofrecen dos maneras de observar al
mundo desde el controvertido universo personal del hombre de la Mancha.
En ambos, prevalecen las búsquedas de este enfermo iluminado, en ambos
se conjuntan las nociones de fracaso y aspiraciones huecas, porque el
cosmos que don Quijote desea no es como él estrictamente lo concibe y,
porque Dulcinea continúa aguardando y expectante desde el lugar que en
el Toboso ocupa; continúa en espera de quienes nunca han de ir a pesar
de que la férrea voluntad del caballero así lo haya impuesto. Las
hazañas del personaje quedarán perfiladas para la posteridad, porque la
pluma implacable del narrador así lo ha querido, y el amor platónico por
alguien -inventado y distinto- invadirá todos y cada uno de los
espacios porque, al fin y al cabo, soñar no cuesta nada. Sólo Cervantes
pudo elaborar un mundo en donde las oposiciones más radicales se vuelven
indicios que nos conducen al hallazgo de la fe imponderable que reviste
el corazón humano.
Bibliografía consultada
Casalduero, Joaquín, Sentido y forma del Quijote (1605-1615), Madrid, Ínsula, 1966.
Cervantes Saavedra, Miguel de, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Edición de cuarto centenario, México, Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004.
Kayser, Wolfgang, Interpretación y análisis de la obra literaria, versión española de María D. Mouton y V. García Yegra, Madrid, Gredos, 1961.
Madariaga, Salvador de. Guía del lector del Quijote, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1961.
Quintana Tejera, Luis, Las máscaras en el Quijote, México, Eón / UTEP., 2005.
Salinas, Pedro, Ensayos de literatura Hispánica (del Cantar de Mío Cid a García Lorca), Edición y prólogo de Juan Marichal, Madrid, Aguilar, 1961.
Unamuno, Miguel de. Vida de don Quijote y Sancho, Montevideo, Ministerio de Instrucción Pública, 1964 (Col. Autores de Literatura Universal, volumen XI).
Notas:
[1] Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Edición del 4º Centenario, RAE., Asociación de Academias de la lengua Española, 2005, p. 33.
[2] Idem
[3] Cfr. Luis Quintana Tejera. Las máscaras en el Quijote, México, Eón / UTEP., 2005.
[4] Miguel de Cervantes Saavedra. Op. Cit., p. 81.
[5] Idem
[6] Ibidem, p. 88.
[7] Ibidem, p. 89.
[8] Ibidem, p. 200.
[9] Idem
[10] Cfr. Luis Quintana Tejera. Op. Cit., pp., 89-110.
[11] Miguel de Cervantes Saavedra. Op. Cit., p. 207.
[12] Ibidem, p. 209.
[13] Ibidem, p. 210.
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